domingo, 15 de enero de 2017

Vamos a decir hola.

La danzarina capa agitada por el viento, entre las nieves, un afamado director de juego se protege el rostro. Pero otro olvido, otro fallo en la trama se cuela entre su bufanda y sus ropajes, hiriendo esa obra maestra que ya no quedará para la posteridad jamás.

Y sin embargo no se detiene. Sigue avanzando, renglón a renglón, piedra resbaladiza tras boquete tapado por el agua helada, un bonificador por aquí, una mezcla de circunstancias inesperada, sigue hacia lo alto.

Porque no busca la perfección, no hace falta, cada paso sin gracia que da permite a las cuatro figuras que le siguen alejarse un poco más del suelo, seguir escalando.

Y cuando la fatiga se cierne sobre el grupo, nuestro guía, nuestro narrador, se sale de la trama —¡Ya falta poco para la cima!— grita con ánimos. Su voz arrastrada por la nieve, da forma a una imagen. Los piolets y los clavos en las botas de repente se fijan con más fuerza.

Al darse la vuelta para para seguir avanzando, una sonrisa le cruza la cara. Otra mentira, otro justificado engaño. La montaña no tiene cima. Sigue y sigue subiendo hasta que uno se aburre y se vuelve a casa.

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